Por Ana Laura Magaloni Kerpel
8 de septiembre de 2012
La decisión del presidente
Calderón de presentar nuevamente una reforma laboral en forma de
"iniciativa preferente" pone al PRI ante una disyuntiva importante.
Aprobar la reforma laboral del PAN significa acotar el tipo de
privilegios y rentas que históricamente han tenido las cúpulas
sindicales. Ello, a pesar de los beneficios que tenga para trabajadores y
empleadores, tiene importantes costos políticos. ¿Podrá el PRI sortear
con éxito el conflicto con los poderosos líderes sindicales que existen
en el país?
Tiene varios aciertos la reforma laboral que propone el PAN. Por falta
de espacio quiero resaltar dos: 1) el tope de un año al pago de salarios
caídos y 2) las condiciones para emplazar a huelga por firma de
contrato colectivo. Para entender la relevancia de ambas reformas, es
preciso dimensionar algunos absurdos kafkianos de nuestra "justicia
laboral".
Conozco casos de pequeñas empresas familiares que han tenido que cerrar
sus puertas porque uno solo de sus trabajadores reclama un despido
injustificado y, con ayuda de un abogado chicanero que lleva a cabo todo
tipo de triquiñuelas procesales, logra que el juicio se extienda hasta
por 10 años. Al final la Junta de Conciliación y Arbitraje condena al
empleador al pago de salarios caídos por ese mismo número de años. No
importa que el trabajador despedido haya tenido otro empleo durante el
tiempo que duró el juicio o que la suma a pagar sea tan descabellada que
el patrón tenga que cerrar su negocio y despedir a todos los que
trabajaban ahí. La ley laboral actual no contempla ningún límite a los
salarios caídos. Por ello, han proliferado los despachos de coyotes que
se dedican a cazar asuntos de este tipo en las Juntas de Conciliación y
Arbitraje. La ecuación es simple: los "abogados" utilizan los derechos
de los trabajadores para extraer rentas principalmente a los pequeños
empresarios que no cuentan con buenos abogados para hacer frente a este
tipo de chicanas.
La reforma laboral del PAN plantea dos cuestiones que parecen razonables
para terminar con este tipo de abusos: 1) el monto de salarios caídos
tiene un plazo máximo de un año y 2) sólo podrán litigar ante las Juntas
abogados con cédula profesional. Esto último no necesariamente
terminará con el coyotaje pero, quiero pensar, sí lo acotará.
Con respecto al emplazamiento a huelga por firma de contrato colectivo,
vale la pena referirnos a lo que sucede en el ámbito de la construcción.
Con nuestro actual marco normativo, cualquier sindicato puede emplazar
una huelga para demandar la firma de un contrato colectivo. La Junta no
pide al sindicato que emplaza la huelga que demuestre que cuenta con el
apoyo de los trabajadores de la empresa emplazada. La huelga estalla,
clausuran la obra y después averigua la Junta si existía o no al menos
un grupo de trabajadores que apoyaban el contrato colectivo del
sindicato. Ello hace que en la práctica existan los denominados
"sindicatos golpeadores" que, literalmente, llegan a sacar a golpes a
los albañiles de una obra y amenazan al constructor de estallar la
huelga si no les paga una suma importante de dinero. Los constructores
prefieren ceder a la extorsión del sindicato en vez de asumir el costo
que les representa la clausura de la obra. Oscar de la Vega, uno de los
mejores abogados laboristas del país del lado empresarial, calcula que
la extorsión de los sindicatos en el mundo de la construcción representa
entre 20 y 30 por ciento del costo de la obra.
La otra cara de la moneda de este problema son los "sindicatos blancos".
Es decir, para protegerse de los golpeadores, los constructores
utilizan los denominados "sindicatos blancos", con los que firman un
contrato colectivo, a cambio de una suma de dinero, y con ello no puede
un sindicato golpeador demandar la firma de otro contrato colectivo. Sin
embargo, en este caso tampoco el contrato colectivo es acordado con los
albañiles que laboran en la obra.
En cualquiera de los dos formatos, los derechos laborales de los
albañiles es lo menos importante para los sindicatos y los empleadores.
De ahí que existan miles de albañiles sin seguro médico, con pésimos
salarios, en malas condiciones de seguridad y sobreexplotados. Los
sindicatos hacen un botín con "sus derechos".
Para terminar con este tipo de abusos, la reforma laboral del PAN
propone dos cosas. En primer término, si un sindicato emplaza a huelga
por firma de contrato colectivo debe demostrar que cuenta con el apoyo
de los trabajadores de la empresa emplazada y 2) si un empleador quiere
inscribir ante la Junta un contrato colectivo de trabajo también debe
demostrar el apoyo que tiene de sus trabajadores. De aprobarse estos
cambios, se reduciría enormemente el espacio de extorsión de sindicatos
golpeadores y blancos. Ello abre la posibilidad de que surjan líderes
sindicales que defiendan los derechos de sus agremiados.
El corazón de la reforma laboral, como el de las reformas que tienen
potencial de cambiar al país, subyace un cambio central de paradigma:
movernos de un país en donde "el que no transa no avanza" a uno en donde
el trabajo y el esfuerzo honesto sean la única forma de obtener éxito
económico.
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