Por Ignacio Pérez Infante, Santos M. Ruesga y Fernando Valdés Dal Ré
5 de marzo de 2013
Si nuestros actuales gobernantes se hubieran molestado en hacer
explícitos sus objetivos cuando diseñaron la reforma laboral decretada
ahora hace un año, entenderíamos mucho mejor lo sucedido en realidad en
el último año en la economía española y, más en particular, en su
mercado laboral. En documentos gubernamentales posteriores a la reforma
se aludía a objetivos distintos del de la creación de empleo, que es el
que hacía suyo la Ley 3/2012. Así, el Programa de Estabilidad de 2012
dejaba claro que uno de los fines a conseguir con los cambios en la
regulación de las relaciones de trabajo consistía en impulsar un ciclo
de moderación de rentas (devaluación interna) bien que solo de salarios.
Así valorada, en función del logro de esos otros objetivos no
expresados de modo directo, cabría concluir que la reforma ha sido un
“éxito”. En efecto, uno de los corolarios claros de las consecuencias
derivadas de la misma ha sido la pérdida de poder adquisitivo de los
salarios a lo largo del año 2012 y, más intensamente, la reducción de
los costes laborales (que incluye la disminución de los costes de
despido), así como de los costes laborales unitarios (por unidad de
producción). Y es que dicha reforma, al estilo de las anteriores, vino
precedida de un diagnóstico de los problemas del mercado de trabajo
español, que atribuye su “ineficiencia” a una pretendida gran rigidez
del mismo a causa de la “excesiva regulación” a la que está sometido.
Conforme a esta tesis, el desequilibrio —desempleo— de ese mercado
provenía, fundamentalmente, de los desajustes internos y rigideces del
propio mercado y, en modo alguno, de la estructura del sistema
productivo español.
Esta base teórica es la que ha alumbrado las diferentes reformas
laborales habidas en las tres últimas décadas, pero de manera destacada
la de 2012. Semejante idea incurre en un profundo error de
interpretación del mundo de las relaciones económicas, al concebir la
competitividad entre las empresas como un problema de costes siendo así
que la realidad pone de manifiesto que la mejora de competitividad ha de
buscarse, básicamente y de forma duradera, a través del avance en
materia de calidad y productividad.
A partir de este marco teórico, bien que dotado de un fuerte
contenido ideológico, la reforma pretende actuar del modo siguiente: a)
Potenciar la flexibilidad externa de las empresas a través,
principalmente, de los mecanismos de salida del empleo (despido); b)
aumentar la flexibilidad interna de las empresas, permitiendo una mayor
adaptación de las condiciones de trabajo, como la jornada laboral, a los
cambios en la situación económica de las empresas; c) reforzar la
flexibilidad salarial, sobre todo de los salarios reales, en función de
los cambios que se produzcan en la situación del conjunto de la economía
o de las empresas; d) disminuir la “generosidad” del sistema de
prestaciones por desempleo, limitando las condiciones de acceso y
mantenimiento de esas prestaciones, y e) favorecer los ajustes
cuantitativos y cualitativos entre la oferta y la demanda de trabajo a
través de una mayor participación de los servicios privados de empleo y
del incremento de la movilidad geográfica y funcional de los
trabajadores.
Conviene, por tanto, confrontar los objetivos y sus concreciones con
los datos registrados en la estadística oficial. En 2012, el empleo ha
descendido en 850.000 personas, cifra solo superada en el año 2009
(1.211.000), según la EPA. Y el correspondiente aumento del paro no ha
sido tan intenso a causa del importante descenso de la población activa
(175.000 personas, inmigrantes que retornan, jóvenes autóctonos que
emigran o desanimados que se retiran del mercado laboral). De su lado,
los salarios reales se han reducido en más del 2%, en el cómputo anual.
La cobertura de las prestaciones por desempleo (porcentaje de
desempleados que cobran subsidio sobre el total registrado con
experiencia laboral) ha experimentado un descenso de cinco puntos
porcentuales. Y ha acontecido un cambio significativo de la mecánica de
disminución del empleo: asciende de forma intensa la destrucción de
empleo indefinido frente al temporal, con respecto a años precedentes,
al tiempo que se erigen en protagonistas las nuevas figuras de despido
con indemnización de 20 días por año trabajado y límite de un año frente
a los 45 días y límite de 42 meses, modelo mayoritario con anterioridad
a la reforma.
En el haber de la reforma podríamos considerar un ligero descenso de
la proporción de trabajadores afectados por expedientes de regulación de
empleo (ERE) extintivos (despidos) en favor de los que reducen jornada o
suspenden temporalmente el contrato, en un contexto de fuerte ascenso
del total de ERE y trabajadores afectados por ellos. Algunos otros
aspectos (flexibilidad interna, por ejemplo) de los contenidos en la
reforma requerirán de algo más de tiempo para que las estadísticas
disponibles reflejen lo ocurrido.
Con estos datos, y no obstante lo dicho desde las instancias
gubernamentales, no parece que para el país y para la gran mayoría de
sus ciudadanos pueda afirmarse, lamentablemente, que esta reforma vaya
arrastrando un éxito y, menos aún, si se le califica de triunfal.
Bien podría decirse frente a esta afirmación que las modificaciones
introducidas por la reforma requieren, para su enjuiciamiento, de un
periodo superior de tiempo; pero en contraste con semejante
argumentación exculpatoria, también cabría apreciar que, por la propia
naturaleza de estas modificaciones normativas (que afectan a la
regulación del mercado laboral), no afectarán ni a corto (ya lo hemos
visto) ni a medio o largo plazo a lo esencial de la dinámica de
crecimiento del empleo, intrínsecamente vinculada a la marcha de la
actividad económica; es decir, del crecimiento del PIB y las
alteraciones de su estructura.
La reforma laboral no afecta a ninguno de los factores que inciden en
la evolución del PIB y de su estructura, a excepción de los costes
laborales. Y en lo que se refiere a los salarios, conviene recordar que
el discurso que concluye en la necesidad de la flexibilidad salarial
para generar empleo y reducir el paro solo tiene en cuenta la dimensión
del salario como coste laboral, sin valorar, o valorándolo de modo
marginal, la otra dimensión fundamental del salario como ingreso de los
asalariados y, por tanto, determinante fundamental del componente
mayoritario de la demanda agregada efectiva; esto es, del consumo
privado, por la que el descenso del poder de los salarios se convierte
en un factor que retroalimenta el retroceso del PIB y del empleo.
Por lo demás, no es impertinente constatar aquí que, además del
limitado éxito económico obtenido y de las muy limitadas expectativas de
que se mejore en el futuro, la reforma laboral de 2012 ha llevado a
cabo el desmantelamiento de un buen número de derechos sociales, lo que,
al deteriorar la arraigada paz social existente en nuestro sistema
laboral, está neutralizando incluso el objetivo de mejorar la
competitividad y productividad de nuestras empresas. Las estadísticas
hasta ahora conocidas sobre el número de huelgas convocadas, de
trabajadores participantes y de número de horas de trabajo pérdidas, así
lo confirman.
Es a los políticos a quien les toca modificar un diagnóstico que no
responde a la realidad y las políticas económicas que de él se derivan.
En el contexto político en que nos movemos, de reiteración de viejas
recetas manifiestamente ineficaces, “las posibilidades de cambio
económico no están limitadas solamente por las realidades del poder
político, sino también por la pobreza de sus ideas”, como decía
recientemente un destacado académico de Harvard (Dani Rodrik).
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