Por José Woldenberg
25 de octubre de 2012
Por un momento hemos vuelto
los ojos al mundo del trabajo. La iniciativa de reformas a la Ley
Federal del Trabajo ha ofrecido visibilidad a una realidad que
transcurre sin reflectores, escondida, sin suscitar demasiados
comentarios. Ahora, aunque sea por unas semanas, se han puesto en los
primeros lugares de la agenda los temas de las relaciones laborales y el
de la organización y representación de los trabajadores.
(Me) llama la atención que desde los medios la misma noción de sindicato
se haya convertido en una especie de mala palabra -mucho han
contribuido no pocas dirigencias sindicales-, mientras que (creo) desde
el mundo del trabajo contar con un sindicato verdadero es una auténtica
aspiración. Veamos.
Según datos del INEGI, organizados por Jaime Ros, para 2011, el 5.2 por
ciento de la población económicamente activa se encontraba desocupada,
8.3 subocupada y 28.7 en el empleo informal; lo que representaba el 42.4
por ciento. ("El reto del empleo y el imperativo del crecimiento", en
México frente a la crisis. Hacia un nuevo curso de desarrollo. UNAM.
2012). Quiere decir que franjas enormes de trabajadores potenciales,
subocupados o inmersos en la informalidad, se encuentran fuera de las
regulaciones de la ley laboral. Para ellos no existen sindicatos ni
contratos colectivos ni prestaciones. Viven al margen de las normas
gremiales y sus condiciones de trabajo suelen ser inferiores a los
mínimos que marca la ley. Para ellos, imagino, la aspiración fundamental
sería la de ingresar al mundo laboral formal.
Según Ciro Murayama, a partir de los datos de la Encuesta Nacional de
Ocupación y Empleo, para el segundo trimestre de 2012, existían en
México 32 millones de trabajadores subordinados, 2.3 millones de
empleadores, 11 millones de trabajadores por cuenta propia, 3.1 millones
de trabajadores no remunerados. Es decir, 48.4 millones de
trabajadores. De los 32 millones de subordinados -que tienen una
relación salarial- sólo 16. 7 tienen contrato escrito, el 52 por ciento.
Es probable que el universo de los trabajadores subordinados sin
contrato escrito se encuentre también por debajo de las condiciones
laborales mínimas que fija la ley. Por lo cual su ambición quizá sería
arribar a una situación como la que diseña la Ley Federal del Trabajo:
contar con un salario remunerador, prestaciones sociales y poder ejercer
sus derechos.
¿Cuántos son entonces los trabajadores que se encuentran organizados?
¿Cuántos pertenecen a un sindicato y por ello están en posibilidades de
negociar -teóricamente- de manera bilateral las condiciones de su
trabajo? Javier Aguilar García nos proporciona información oficial. En
el año 2008 de una población económicamente activa de 45.5 millones de
personas, solamente 4.69 millones se encontraban sindicalizados, el 10.3
por ciento. De esos, 2.19 millones se encontraban en el sector privado y
2.5 en el público. (Tasa de sindicalización en México 2005-2008.
Friedrich Ebert Stiftung. 2010). Se trata de una minoría que a su vez
puede subdividirse: aquellos trabajadores que se encuentran
"sindicalizados" sin ellos saberlo, porque pertenecen a algún tipo de
organización fantasma que firma y vende contratos de protección a las
empresas, y aquellos que realmente están afiliados a sindicatos que
funcionan como tales. En el primer caso, se trata de una corrupción
absoluta de la idea misma de sindicato, de la que se benefician líderes
postizos y empresarios inescrupulosos. Son sindicatos de papel,
registrados ante las autoridades del trabajo, pero que difícilmente
pueden considerarse como agrupaciones en defensa de los intereses de sus
agremiados.
En ese mar de desempleados, subempleados, informales, sin contrato,
desorganizados y solo nominalmente sindicalizados, destacan aquellos que
cuentan con una organización gremial digna de tal nombre. Se trata
quizá de los "privilegiados" del mundo del trabajo, de aquellos que
cuentan con estabilidad en el empleo, salario quincenal amarrado, seguro
social o ISSSTE, primas vacacionales, quizá reparto de utilidades y
demás prestaciones. Son la ilusión de quienes no cuentan con chamba o
que tienen un empleo precario carente de cualquier tipo de apoyo
permanente.
Y entre los realmente sindicalizados vuelve a existir una bifurcación.
Aquellos encuadrados en organizaciones sin vida interna, donde la
política y la ruta de la asociación la fijan en exclusiva los dirigentes
y que además jamás rinden cuentas ni de sus actos ni del dinero que
manejan; y aquellos que están afiliados a sindicatos donde existe una
mínima (o máxima) participación de las bases de trabajadores. En el
primer caso, introducir fórmulas para crear o recuperar los lazos entre
dirigentes y dirigidos, para establecer reglas de participación, para
hacer que las organizaciones respondan a los intereses de sus miembros,
resulta más que pertinente.
Pero como hemos tratado de ilustrar aquí, se trata de una franja
minoritaria ya no digamos de los trabajadores en general, sino incluso
de los asalariados.
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