Un lugar para reinventar el vocabulario de la resistencia, para generar la gramática más eficaz de la comunicación colectiva. Aquí se repiensan algunos términos que podrán contribuir a determinan las condiciones de la lucha común.

lunes, 21 de mayo de 2012

Líderes y leyes

Sergio Sarmiento
21 de mayo de 2012

"Ser dirigente sindical es uno de los negocios más rentables de México".

Arturo Alcalde


La culpa no es de Paulina Romero. Ella simplemente actúa como lo han hecho siempre las hijas de los oligarcas y los poderosos. Mucha más responsabilidad tiene Carlos Romero Deschamps, quien se ha enriquecido durante su largo reinado como secretario general del Sindicato de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana. La mayor de las culpas, sin embargo, radica en una ley laboral que ha dado enormes poderes a los sindicatos y que ha permitido que los líderes se eternicen en el poder y se apropien del dinero de los trabajadores.

No es Romero Deschamps el único líder sindical que se ha enriquecido y eternizado en el cargo. Ahí están Elba Esther Gordillo del sindicato de maestros, Víctor Flores de los ferrocarrileros, Napoleón Gómez Urrutia de los mineros y muchos más. La lista es demasiado amplia como para pensar que es producto del azar. La corrupción de los sindicatos está escrita en las reglas del sistema.

Todo empieza con el artículo 28 de la Constitución que establece en su primer párrafo que no debe haber monopolios, pero procede en los siguientes a permitir una amplia serie. Este privilegio se les da a "las asociaciones de trabajadores formadas para defender sus propios intereses".

Sobre esta base, la ley laboral otorga a los sindicatos poderes enormes que hacen posible destruir a una empresa o a una industria completa si así lo desean. Este poder genera la capacidad de extorsionar. Bajo la excusa de la "autonomía sindical", la legislación permite a los líderes establecer procesos de elección interna para mantenerse en el poder de manera indefinida. Peor aún, las reglas les dan la libertad de utilizar los recursos de los trabajadores como si fueran de su propiedad personal.

Estos poderes se fortalecen en el caso de los sindicatos de trabajadores del sector público. En estos ramos los consumidores o usuarios de servicios no tienen una opción en el mercado. Por eso los políticos optan por darles a los líderes todo lo que quieren. La consecuencia es que los trabajadores del sector público gozan de privilegios importantes sobre los de la empresa privada, entre ellos la inamovilidad. Lo anterior ha promovido un mercado negro en el que la gente paga a los líderes para obtener una plaza.

Si no nos damos cuenta de que los abusos de la hija de Carlos Romero Deschamps son consecuencia de un sistema, no lograremos entender la naturaleza del problema. De nada sirve cuestionar al líder del sindicato petrolero o a la presidenta vitalicia del sindicato de maestros si no comprendemos que ellos son nada más lo que el sistema les permite ser.

Los sindicatos en el mundo fueron creados como mecanismos para defender a los trabajadores en sus diferencias con las empresas. En México las reglas se hicieron, sin embargo, para garantizar el enriquecimiento de los líderes a expensas de los trabajadores.

Si queremos detener estos abusos, de nada servirá quejarnos de la fortuna de Gordillo o de Romero Deschamps. Debemos cambiar la ley, empezando por el artículo 28 de la Constitución, que permite a los sindicatos convertirse en monopolios; siguiendo por las leyes de autonomía sindical, que evitan que la sociedad y los trabajadores conozcan el manejo del dinero de los sindicatos; y terminando por las reglas que permiten que los líderes establezcan procesos no democráticos en los sindicatos para mantenerse en el poder.

De nada sirve quejarse de los abusos de los líderes -o de sus hijas- si no estamos dispuestos a cambiar las reglas que los hacen posibles.

viernes, 11 de mayo de 2012

Un sindicato en los brazos del patrón

Por Yoani Sánchez
11 de mayo de 2012

Si algo distingue al primero de mayo de otros días del año, no es el desfile, ni tampoco la muchedumbre que agita sus banderitas de papel. Lo más llamativo resulta el silencio que cae sobre La Habana después de que terminara el acto masivo en la Plaza de la Revolución. Una quietud apenas interrumpida por los pocos autos que recorren las calles y por algún policía que suena el silbato en una esquina. Todas las escuelas, los centros laborales, las dependencias oficiales y hasta las paradas de ómnibus se quedan vacías. Ese escenario se ha repetido por décadas, pero en este 2012 algo rompió el tedio habitual de la jornada de los trabajadores. Muchos negocios particulares, conocidos aquí con el calificativo de cuentapropistas, abrieron sus puertas a pesar del feriado, se saltaron la conmemoración para volcarse en el comercio de pizzas, helados o batidos de frutas. Mientras otros lanzaban consignas de reafirmación revolucionaria, ellos vendían sus productos; pescaban en el río apacible dejado por los comercios estatales cerrados.
Se espera que al finalizar este año alrededor de 600.000 cubanos ostenten una licencia para trabajar en el sector privado. Entre ellos se incluirán muchos de los que quedarán sin empleo a raíz de la reducción de plantillas que se lleva a cabo por todo el país. En los próximos meses más de 170.000 plazas serán cerradas en diferentes esferas pertenecientes al Estado y al personal se le reubicará en otras labores o irá al despido. Los eufemismos que caracterizan al lenguaje oficial han llegado a su máxima expresión a la hora de hacer referencia a este impopular proceso. Han dado en llamar a los recortes “reordenamiento laboral” y a las personas que están en el paro les han colgado el calificativo de “disponibles”. Como si no bastaran tales peculiaridades en el plano nominal, el único sindicato autorizado en el país ha apoyado la decisión de “desinflar las plantillas para lograr eficiencia”. La Central de Trabajadores de Cuba ha dejado claro que su papel está más al lado del empleador que de los empleados. Postura que no ha sorprendido a ninguno de sus casi tres millones de miembros, acostumbrados a pagar disciplinadamente su cuota pero conscientes de que esta organización representa los intereses del poder frente a la base y no a la inversa.
A ese mismo obediente sindicato ha ido a parar más del 80% de los más de 370.000 trabajadores por cuenta propia y una representación de ellos desfiló el pasado primero de mayo. No se han inscrito en él buscando representatividad o amparo, sino para evitarse problemas. Intuyen —con razón— que de no afiliarse podrían señalarse como “apáticos”, “burgueses” y en el peor de los casos como “contrarrevolucionarios”. Todos ellos, sin dudas, preferirían una asociación que los defendiera de los altos impuestos, convocara a protestas por la ausencia de un mercado mayorista y reclamara préstamos bancarios con los que sostener sus negocios. De poder elegir, ni siquiera hubieran votado por Salvador Valdés Mesa, el actual secretario general de la CTC, cuya ocupación anterior fue en el antagónico Ministerio del Trabajo. En lugar de la Iglesia en manos de Lutero, el nuestro parece ser un sindicato atrapado en los brazos del patrón. Una federación que ha respaldado la supresión de medio millón de empleos que se implementará hasta el año 2015 y que ha llamado a una mayor compromiso con el Gobierno de Raúl Castro. Como legado negativo de esa actitud pasiva y cómplice, quedará el rechazo futuro de muchos obreros a integrar sus filas o las de otra organización proletaria. A la palabra sindicato habrá que sacudirle en Cuba sus actuales connotaciones de inacción para devolverle aquel papel irreverente y autónomo que una vez tuvo.
 Por el momento, en la tribuna del primero de mayo en lugar de un mensaje reivindicativo se imponen como lemas los llamados a la disciplina, la exigencia y el control. La inconformidad laboral no tiene cabida en una Plaza de consignas triunfales y loas al sistema. Ni un solo bloque representa a los desempleados, ni un solo puño se levanta en señal de protesta, ni un sólo cartel pone en jaque a las autoridades. Muchos de los allí presentes han asistido por la misma razón que se han inscrito en la CTC, para no marcarse como desafectos a un proceso político en el que ya apenas si creen. Sonríen a la cámara y algunos lleven a sus hijos sentados sobre los hombros; pero nada queda en ellos de la esencia contestataria del Día de los Trabajadores. Cuando termina el acto regresan a casa o se adentran en las calles de los alrededores en busca de algo para comer o beber. Terminan comprando en el mostrador de algún cuentapropista no sindicalizado que mantuvo abierto su negocio durante el feriado. A la mañana siguiente, el periódico oficialista Granma publica un orgulloso titular en letras rojas “este ha sido el desfile más organizado y más rápido” de nuestra historia. Y por esta vez, Granma tiene razón.